Leonor Irarrázabal

Leonor Irarrázabal

Leonor María Irarrázaval Correa nació el 15 de diciembre de 1968 en Concepción, Chile. Es de procedencia vasca, catalana e irlandesa.
Pasó su primera infancia en el fundo “Siberia”, cerca del río Laja y de la Cordillera de Los Andes, en la Región del Ñuble. A mediados de los 80, siendo adolescente, vivió en Londres durante dos años. Esta estadía en Europa y la muerte de su padre el año anterior tuvieron un importante efecto en su manera de ver la vida.
Estudió psicología en Santiago en los 90, durante el gobierno de transición a la democracia. Posteriormente, regresó a Europa para continuar su desarrollo como psicoterapeuta.
Residió en Barcelona, Cataluña, cerca de 10 años, donde realizó estudios de magíster en psicología clínica y se dedicó a la psicoterapia a tiempo completo.
Regresó a Chile para realizar estudios doctorales, obteniendo el grado de doctora en 2013. Desde entonces se dedica tanto a la psicoterapia como a la investigación. Investiga temas de salud mental y cuestiones éticas relacionadas, situada en la interdisciplinaridad entre la psicología, la filosofía y la psiquiatría, desde una aproximación fenomenológica. Recientemente realizó un postdoctorado en Heidelberg, Alemania, durante dos años, 2018 y 2019.
Aunque escribe poemas desde niña, este es su primer libro de poesía.

En las partes etéreas de mis huesos sé lo que es una poeta; le pido permiso a mis huesos –eso es el lenguaje– para compartir ese saber. La poesía es un camino; es un recorrido. Una poeta es quien se niega a desviar la mirada; una poeta es quien pone el oído al silencio. Leer la obra de Leonor Irarrázaval habla del saber en mis huesos, pero el verso de Irarrázaval también me regala una nueva comprensión de lo que es una poeta: una poeta es alguien que ve en la oscuridad. Los poemas de Irarrázaval traen “un hada sin alas” y convidan a conocer íntimamente “la desventura de la piel”, sus poemas describen objetos desde la oscuridad.
Hay soledad en estos poemas, son orgullosos y desgarradores, anhelan, se alejan y se acercan. Estos son valientes poemas de vulnerabilidad. Estos poemas rechazan lo fácil, entregan la contradicción de “la risa que te parte” pero al instante uno sabe que no hay contradicción. Está la grandeza de la vida, la muerte, la angustia y la esperanza, representadas en estas páginas, en letras minúsculas inclinadas.
“Hundirse en lo profundo es lo que hace el verano” dice Irarrázaval y tal vez, tal vez uno esté tentada a decir que no, el verano es luz y superficie y fiesta y flores silvestres, pero la poeta que ve en la oscuridad nos dice que no hay verano sin la profundidad, lo que hay debajo, enraizándose ahí en la oscuridad… no hay verano sin esa profundidad, sin todas las estaciones que vinieron antes, sin el silbido estridente del viento o la lluvia fría no puede haber verano, y la poesía de Irarrázaval es todas esas estaciones.
Pienso en “Breaths” de Birago Diop cuando leo “Forest”.
Me veo obligada a recordarme a mí misma que debo respirar cuando “Encarnación” me lanza a través del espacio, el tiempo y el esfuerzo de ser solo para llegar a un cuerpo, pero no llegar.
Ella escribe:

ha sido un viaje largo
millones de años para llegar hasta aquí

árbol, roca, luz

ha sido un viaje eterno
sin detenerme he llegado hasta aquí

flor, arena, estrella

mi sobriedad no tiene tiempo
no tiene lugar
no encuentra descanso

hoy soy alma encarnada
desapercibida
mujer

Los poemas de Irarrázaval son la oscuridad y son el sonido del fósforo al encenderse.
Bienvenida a la luz tenue. Estos poemas son satélites que orbitan sin miedo el tamborileo de nuestro pecho, registrando cada latido.
Gracias, Leonor.

Mariahadessa Ekere Tallie

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